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martes, 26 de junio de 2018

STEVE JOBS EN LOS ANDES

Iván Apaza-Calle


Ella escribió:
—Buenas noches, señor escritor “loco”.

No sabía que responder. Respondí con el silencio, que dice todo, que dice nada. La noche era fría, tan fría que se me helaba las manos y no podía continuar recorriendo el libro que narraba la vida de un autodidacta, visionario, genio, intuitivo, iconoclasta, diferente e inventor, en fin, Steve Jobs. Años antes pensaba que era un escritor, que escribe libros exitosos, que llegan a ser best sellers; encontraba su mirada cada vez que pasaba por un puesto de libros en el pasaje Nuñez del Prado, en “la Lanza” y en esos puestos a la intemperie de “la Ceja”, tenía la mirada de seguridad con esa pose diciéndome puedes hacerlo. Aquellos libros llevaban siempre su fotografía. Un amigo me sugirió las películas que trataban sobre su vida, me enganché a tal sugerencia, vi “Steve Jobs” de Danny Boyle y “Jobs” dirigida por Jhosua Michael Stern. El primero enfoca la relación padre e hija asimismo la tiranía y frialdad que poseía Jobs; el segundo la construcción de Apple, los obstáculos, los éxitos, la derrota y nuevamente el éxito de Steve. Fue conmovedor ver cómo un joven raro y rebelde inicia un proyecto que para muchos es imposible. Volví a los puestos de libros, busqué toda referencia a él, y me topé con que no escribió nada, ni un libro; en ese momento me sentí un comprador que no sabe nada de lo que compra.

Uno de los librerosmientras preguntaba—me dijo

—“Hay alguien que escribió sobre su vida y él colaboró en el nacimiento y crecimiento de ese libro”, se refería a la obra de Isaacson.

El señor, sacó de un rincón, donde guardaba tesoros de libros, uno que no tenía color. Estaba ansioso de verlo, quería tomarlo y hojearlo de una vez, no importaba el precio, aunque muchas veces, los vendedores al ver los ojos brillantes de un lector, aprovechaban para saciar su codicia, no todos por cierto, hay libreros que conocen esa magia de leer dando una rebaja. Aquel era uno de esos. Acabé comprando dos libros, “Steve Jobs” (2012) de Karen Blumenthal y “Steve Jobs. La biografía” (2011) de Walter Isaacson. Terminé de leer el primero, salí doblemente conmovido por la hazaña de Jobs, sobre todo, por su opinión sobre el tiempo y la muerte, leer ese consejo contundente: “Vuestro tiempo es finito, así que no lo malgastéis viviendo la vida de otro”, fue certero aquella noche fría, cuanta verdad había en esas letras. No pude dormir pensando en esa idea, ¿Acaso darle vueltas y vueltas era perder el tiempo?, quizá. La muerte es un tema que tiene mucha relación al tiempo, los seres humanos o cualquier ser vivo, cumple un ciclo vital, sólo somos tiempo en el espacio, cada uno va camino hacia la muerte, cada día morimos como sentenció Quevedo en “¡Ah de la vida!”
 
“Ayer se fue, mañana no ha llegado,
Hoy se está yendo sin parar un punto:
Soy un fue y un será, y un es cansado.
En el hoy y mañana y ayer, junto
Pañales y mortaja, y he quedado
Presentes sucesiones de difunto”

El no pensar en la muerte o no tenerlo sentado a nuestro lado hace que no valoremos la existencia. Uno de los méritos de Jobs, y no solamente de él sino de muchos genios, es entender que solamente somos una estrella fugaz que pasa rápidamente en un abrir y cerrar de ojos, siendo así, uno vive para sí. Suena raro ¿verdad? Suena a individualismo, lo cierto es que, no hay otro modo de aprovechar y exprimir el jugo de la existencia al máximo. La idea de ser sólo una estrella fugaz en el universo, nos conduce a la conclusión importantísima de Jobs, “… el valor de seguir los dictados de vuestro corazón y de vuestra intuición” y no perder horas en estériles opiniones negativas. La confianza en uno mismo, es un elemento clave de los hombres simbólicos que ha tenido la humanidad hasta hoy; podemos no estar de acuerdo con tales ideas y con la personalidad extravagante, tiránica, rebelde, arrogante y terca de cada uno de ellos,  pero no es posible ocultar que gracias a las invenciones y descubrimientos de un T. A. Edison, N. Tesla, G. Galilei, I. Newton, A. Einstein, L. Pasteur, S. Jobs, la especie humana fue explicándose muchas interrogantes que durante mucho tiempo eran satisfechas con explicaciones divinas y sobrenaturales que no eran convincentes.   

El carácter que sale a flote en las películas y por su puesto en el libro de Karen Blumenthal sobre Steve Jobs, es el mismo que tuvo Albert Einstein, el clásico genio que sigue sus inquietudes sin hacer caso a las opiniones bullangueras que se oyen aquí y allá, el demonio que les posee es el mismo consumiéndoles, es símil a la solitaria de Flaubert que escamotea a la vida con el trabajo y el esfuerzo desenfrenado hasta la muerte. En ambos genios se encuentra caracteres comunes, Jobs desconoció a Lisa, su hija, y cada vez que se negaba entraba de lleno a ser poseído por ese demonio de seguir e insistir en crear el mejor ordenador personal, así como Einstein que al no poder ver a sus hijos se refugiaba en resolver complejas ecuaciones.

Jobs y Einstein tuvieron la pasión incesante de cumplir y concretizar las imágenes que llevaban en sus mentes, esa marcha sin cesar ni desmayar en el proceso de la creación que para muchos es un acto de locura, aparentemente, en el inicio no se pinta bien, no hay quien crea en las proyecciones que se establecen, por eso parece ser algo descabellado. La insistencia con que arremeten sin hacer caso a las reglas establecidas ni a las opiniones de los demás, a la larga surge poco a poco, va ganando terreno y legitimidad hasta que es real, en ese momento, aquellos que contrariaban con sus opiniones negativas son los primeros en decir que si se podía.

Aquellos jóvenes que hicieron posible los ordenadores Apple, el Apple Lisa, el Macintosh, el iMac, el iPod, el iPad, el iPhone. Eran los locos inadaptados, los rebeldes arrogantes. Sí, esos que a partir de su creatividad dieron saltos progresivos en el conocimiento, ese cambio que va por ellos, que: “Va por los locos, los inadaptados, los rebeldes, los problemáticos. Los que están fuera de sitio, quienes ven las cosas de un modo distinto…Y aunque algunos lo vean como a unos locos, lo que vemos nosotros es genialidad. Porque aquellos que están lo suficientemente locos como para creer que pueden cambiar el mundo son quienes lo cambian”. Eso, eso fue el texto poético de Steve Jobs al finalizar la película de Stern.

Al leer esto aquella noche, después de las “Buenas noches” que ella escribió, después de leer las dos palabras: “escritor y ‘loco’”, sobre todo después del largo silencio, respondí horas más tarde.

“es el mejor cumplido que me han hecho”.  

El Alto, fin de junio de 2018
 
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