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sábado, 29 de junio de 2019

QUISPES CONTRA HUANCAS


Iván Apaza-Calle

“Entre indios nos pisamos el poncho”
Felipe Quispe Huanca

No hace mucho tiempo, Ayar Quispe, había escrito un libro, “Indios contra indios”, la investigación retomaba la idea de Felipe Quispe Huanca, “entre indios nos pisamos el poncho”. En el texto, Ayar trataba de descubrir los orígenes del faccionalismo en el campo político de los denominados indios, y el carácter servil de los dirigentes campesinos. Sus conclusiones eran que, los dirigentes campesinos de cuya época: Alejo Veliz, Evo Morales y Felipe Quispe “han fundado toda su actividad sindical bajo la premisa siguiente: el poder sobre todas las cosas”, pero, no solo eso, Ayar había identificado otra fuente de la contrariedad entre indios, como las divisiones inducidas por “partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales y el gobierno de turno”. Consiguientemente, a partir de la división dirigencial, las bases también estaban divididas, lo que provocaba su fracaso en la reconquista de sus derechos y la demanda al Estado como movimiento liberatorio.
Diferente a los argumentos de Ayar Quispe indagados dentro de la CSUTCB y en el campo político a nivel macrosocial, eran las ideas de Xavier Albó en “Desafíos de la solidaridad aymara”, quien trataba de explicar el faccionalismo aymara a partir de las estructuras comunales rurales. La tesis central de Albó era que existe una paradoja aymara, es decir, hay una solidaridad fuerte en los aymaras pero dentro de ella también un faccionalismo interno entre ellas el familiar, socio-político, religioso entre otras, y reconocía que los argumentos planteados solo partían de insinuaciones y que faltaba completar para la explicación como el fundamento histórico, psicosocial y las relaciones con el no aymara.
No es que sea una naturaleza o excepcionalidad del mundo indio la división, no; de hecho, son construcciones sociales que se van constituyendo con cada acto social, sean las que vienen influenciadas a partir delos sujetos sociales frente a su externalidad o a partir de lo externo, es decir, agentes influyentes que alteran las decisiones de los sujetos.
En todo caso, hay muchos elementos para llegar a la pugna de “indios contra indios”, y son esas cualidades las que hay que desmitificar, para poder entender lo que actualmente está sucediendo en la política nacional concerniente a los autóctonos. Por ejemplo, “el duelo de chicotes”entre indios, a muchos les ha causado mucha risa en las redes sociales, incluso, a los propios activistas que, están en contra de las políticas de servilismo e instrumentalización, en fin a los indianistas y kataristas; lo cierto es que, eso que les causa risa, oculta algo muy fuerte y que se les escapa de la reflexión: el tema de la instrumentalización política.
No solo existe la instrumentalización de los elementos-culturales-en-potencia, sino que hay también la instrumentalización en el campo político, que se deja pasar como algo normal y no como aquello que vislumbra la fragmentación política a nivel macro de las comunidades aymaras, y es el caso de Achacachi y los cantones aledaños causada por el servilismo político de sus dirigentes. ¿Quién sale ganado en este duelo? No son los que se desafían a darse chicotes, ellos son apenas unas piezas de los partidos políticos, de derecha e izquierda; son los perdedores. Están en función al amo partidario, pero hay que agregar a esto que, son objeto de mofa y de racismo. ¡Señores chicoteadores! Están jugando y juegan con ustedes. Son parte del circo que se les ha instituido, y hacen malabarismos para llamar la atención.
El caso no es reciente, verdad; se ha venido repitiendo mecánicamente de generación en generación, así como la dominación perpetua hasta hoy; de hecho, la nación aymara, no conquista sus derechos por esta realidad, lo que lleva a su fracaso. Por otro lado, quienes salen ganando, son los agentes políticos que controlan ambos partidos en pugna. Se dice que el diputado Rafael Quispe, hace bien con todas las acciones que uno observa en la pantalla del celular, sin embargo, los propósitos de Quispe le llevan a un suicidio; toda rebelión individual como Albert Camus señaló en “El hombre rebelde” es un suicidio. Tiene límites, porque no posee una estructura política; sus acciones mediáticas, apenas es un grito solitario en plena pampa altiplánica, pero un grito que depende de un amo. También se dice que el dirigente de los ponchos rojos hace bien y cumple con lo orgánico, pero no. No está fuera de la instrumentalización política, el ente matriz al que pertenece, también ha caído al control político partidario.  Y como escribimos el 2007 en “La verdadera tarea de los ponchos rojos” es que se encaminen por los senderos de Tupak Katari, Bartolina Sisa, de tal manera que exista la autonomía sindical y la conquista de los derechos como sociedad.
En ambos casos, los partícipes del “duelo de chicotes”, no son los sujetos políticos sino los sujetos racializados que, reproducen las dinámicas de instrumentalización. Y lo peor es haber “naturalizado” la instrumentalización y la fragmentación de la unidad aymara. En fin. No queda otro camino, más que sepultar a los intermediarios políticos y el vínculo de los dirigentes con los partidos políticos como había concluido Ayar Quispe en “Indios contra indios”, pero sobre todo, sí, escuchen: que quispes y huancas sean uno, con eso tendremos otra revuelta, otro 2000-2003.
El Alto, fin de junio de 2019


lunes, 10 de junio de 2019

CUENTO: EL SUEÑO DEL PONGO


De José María Arguedas
Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.
—¿Eres gente u otra cosa? —le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
—¡A ver! —dijo el patrón—, por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada. ¡Llévate esta inmundicia! —ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. «Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza», había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. «Sí, papacito; sí, mamacita», era cuanto solía decir.
Quizás a causa de tener una cierta expresión de espanto, por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el avemaría, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
—Creo que eres perro. ¡Ladra! —le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
—Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces.
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.
—Trota de costado, como perro —seguía ordenándole el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía el cuerpo.
—¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.
El pongo volvía, de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el avemaría, despacio, como viento interior en el corazón.
—¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! —mandaba el señor al cansado hombrecito—. Siéntate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
—Recemos el padrenuestro —decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.
—¡Vete, pancita! —solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos[1].
Pero…, una tarde, a la hora del avemaría, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía como un poco espantado.
—Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte —dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
—¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? —preguntó.
—Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte —repitió el pongo.
—Habla… si puedes —contestó el hacendado.
—Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
—¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran patrón.
—Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
—¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.
—Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
—¿Y tú?
—No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
—Bueno. Sigue contando.
—Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: «De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de miel de chancaca más transparente».
—¿Y entonces? —preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.
—Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.
—¿Y entonces? —repitió el patrón.
—«Ángel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre», diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.
—Así tenía que ser —dijo el patrón, y luego preguntó—: ¿Y a ti?
—Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro gran Padre San Francisco volvió a ordenar: «Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano».
—¿Y entonces?
—Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. «Oye, viejo —ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel—, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!». Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando…
—Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón—. ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
—No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: «Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo». El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.


[1] Colono: indígena que pertenece a la hacienda.
© Relato popular recopilado por José María Arguedas. Publicado en El sueño del pongo, 1965.


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