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viernes, 4 de octubre de 2019

AYMARÄTWA (SOY AYMARA)


AYMARÄTWA (SOY AYMARA)[1]

A lo largo de nuestra historia, mucho se ha hablado y se habla del pueblo Aymara de Bolivia. Desde inicios de la república fue catalogado por sus detractores como “pueblo enfermo”, en la revolución del 52 los nacionalistas le quitaron su identidad nombrándolo “campesino”, y en los últimos quince años, junto a los otros pueblos indígenas del país, se lo ha considerado “reserva moral del mundo“. Todo esto a partir de la mirada ajena, del uso instrumental de los gobiernos y de las corrientes ideológicas de turno.  Sin embargo el Aymara, cuerpo y espíritu del altiplano andino, ha ido avanzando a paso lento, pero seguro, en la disputa de espacios geográficos, culturales, políticos e intelectuales. De nada sirve hoy tratar de delimitar lo Aymara, tratar de conceptualizarlo. El Aymara es un devenir, un pueblo versátil que con trabajo y fiesta pone color y ritmo a cualquier escenario donde se encuentre.
El Aymara como cultura, como nación, expresa en sus distintos cuerpos, sus distintos modos de vivir y mirar el mundo. Es en su práctica cotidiana donde están expuestos los principios heredados de los mayores, como el Ayni y el qhip nayra, y es en su práctica también donde estos principios dialogan con las distintas lógicas externas. De ahí que es importante no limitarse solo a leer sobre el pueblo aymara, sino verlo, mirarlo, sentirlo.
            Roger Adan Chambi Mayta, El Alto, Bolivia. 



Qullan jaqïpxtanwa

Qullan wiñay Aymar jaqïpxtanwa.
Tutuk q’ara thayarus atipirïtanwa.
Arus saräwis taqi pachan uywirïtanwa.
Wiñay qullan jakaw jathachirïtanwa.
Urinsayat aransayat mayacht’asipxañäni.
Saräwisan jathanakap yapuchapxañäni.
Achachila, jisk’alalanakamp aruskipapxañäni.
Aruskipt’asipxañanakasakipunirakïspawa
Aruskipañankiw taqimp suma qamañaxa.
Aruskipañankiw jakäw jathachañaxa.
Aruskipañankiw wawar thakhi yatichañaxa.
Aruskipt’asipxañanakasakipunirakïspawa.

Rubén Hilari, El Alto, Bolivia


This is Aymara

"There are several ways you can visit El Alto. Every Sunday, buses depart from Plaza San Francisco to see “chola” wrestlers. You can also take one of several new teléferico lines where you’ll also zoom over their houses and neighborhoods. If you’re lucky, you get to dance Morenada and drink beer with them in the streets. If the timing is right, there may be an “electro-preste” where you can go to a rave inside one of their mansions, those delightfully strange” and “curious” buildings people call “cholets”. Returning to the city, you might discover your teléferico has wifi so you can upload your photos to social media. You’ll get fifty “likes” before you even arrive. But you can’t come up with a tagline: “These homies live in Transformers; they are Transformers!” you think to write. You try to make sense of the insensible.
How do you relate to these portraits? They are Aymara, they work, they have rituals, they celebrate Halloween and Todos Santos, they listen to rock, cumbia, hiphop and Nirvana but also dance for Tata Santiago. Some speak Aymara and some do not. Some speak English and others do not. Some live in brick houses, others live in “transformers.” They are all transformers but not how you might think of them to be. This is urban modernity, at the same time that it is much more. This is Aymara."
                                        Amy Kennemore, Tijuana, México




[1] Estos textos acompañaron la exposición de fotografías del Proyecto Aymaratwa, en la ciudad de El Alto y La Paz en el mes de Agosto del 2019 dirigido por Manuel Seoane.

lunes, 26 de agosto de 2019

AMAZONAS: EL INFIERNO DETRÁS DEL INCENDIO

Por Rafael Bautista S.
La expansión acelerada de la mancha térmica del incendio del Amazonas está provocando otro incendio semejante en la opinión pública. Pero este incendio, y la bruma que extiende, tiene la peculiaridad –como es usual en lógica militar– de distraer la atención mientras se ponen en acción otros propósitos que, al no ser considerados, logran una ventaja estratégica definitoria del desenlace mismo del asunto. Por eso, cuando las inculpaciones y las condenas atizan aún más un conflicto latente, hay que preguntarse: ¿a quién le interesa inflamar una región, además en periodo pre-electoral? ¿Qué propósitos encubiertos tienen el poder de provocar una desestabilización regional, incluso al amparo de banderas tan loables como la “defensa del pulmón del planeta”?  
Apliquemos un procedimiento inverso para entender la situación; de los efectos mediáticos vayamos a desentrañar al poder beneficiario del caos que pueda producirse. Redirigir las preguntas nos ayudaría a superar un maniqueísmo simplón que sólo lograría la destrucción mutua porque, en tal caso, todos coadyuvarían, sin proponérselo, a generar otro incendio con cara de infierno, que es, por ejemplo, lo que desataron las potencias occidentales en Irak, Siria o Libia, al amparo de “nobles causas” y con la complicidad de una opinión pública que creyó ingenuamente en tales ficciones.
Adónde nos conduce una situación de desestabilización regional, a las puertas de una definición electoral del cono sur, es una buena pregunta ante lo demasiado oportuno (“good timing” dirían los gringos) de un desastre ambiental que podría originar la declaratoria de “emergencia mundial” que ya la viene pregonando un anacrónico G7. En esto hay que ser claros, nunca una ayuda proveniente de los países ricos ha sido generosa sino parte de una política intervencionista e injerencista. Si esto es así, la hipótesis de la deliberada diseminación de los focos de incendio, cobra otros matices. No se puede olvidar que nos encontramos en un proceso de crisis civilizatoria y que las actuales guerras frías no declaradas expresan políticas de sobrevivencia que el sistema capitalista asume como últimos recursos para restaurar su hegemonía.
Entremos en contexto, el neoliberalismo no fue la expresión del triunfo del capitalismo sino la respuesta del poder financiero ante el fracaso del sistema económico; pues desde los setentas, el crecimiento global ha sido mediocre y no responde a las expectativas exponenciales del capital. Si el repunte de ganancias que se logra con el efímero auge del neoliberalismo provoca la crisis financiera del 2008 (porque se trata sólo de burbujas) y, paradójicamente, la globalización no logra controlar al mundo sino provoca un relevo que vira la economía al Oriente en desmedro del propio Occidente, resulta que el sistema-mundo moderno –que lo hegemoniza el dólar– se desintegra y se deshace en una suerte de demencia sistémica que apuesta incluso contra su propia sobrevivencia (Trump y Bolsonaro son la personificación de aquello; evangélicos ambos, declaran fidelidad a un milenarismo que recluta cruzados para desatar una nueva guerra “del bien contra el mal”; el ensañamiento contra inmigrantes e indígenas de ambos es fiel a la teología de conquista).
La lógica del capital es suicida, pero lo grave es que, en esa lógica, arrastra a toda el sistema económico a asumir apuestas irracionales, creyendo que son las más “racionales”. En ese sentido, lo que sucede en el Amazonas no tiene que ver directamente con los efectos del cambio climático sino con una apuesta demencial que optan los poderes fácticos mundiales por pura apuesta de sobrevivencia, incluso a costa de la propia base de existencia de la humanidad. La quema del Amazonas parece premeditada y tendría propósitos geopolíticos.
Si la geoeconomía del dólar se acostumbró a vivir provocando guerras en todo el mundo, ahora, por sobrevivir, apuesta por desatar “calculadamente” un infierno que le reditúe las ganancias que ya no puede lograr. No es sólo la reducción de los recursos energéticos y estratégicos sino que, poco a poco, estos se escapan a su control. Reponer ese control es asunto de sobrevivencia para la decadencia del orden unipolar que sostuvo al Imperio. Como ya no puede reponer su hegemonía, sólo le queda desatar escenarios que legitimen un “estado de emergencia,” como pretexto para imponerse como único garante de estabilidad regional.
Tomar como rehén al Amazonas sería el principio de una contención estratégica ante la expansión de la Nueva Ruta de la Seda en Sudamérica; esto significaría el aplazamiento del proyecto bioceánico que integre a Sudamérica con el pacífico, porque esta integración significaría, a mediano plazo, el desplazamiento del dólar y, en consecuencia, de la hegemonía imperial. No sólo de guerras se reaviva el dólar sino también de los desastres; es decir, generar una devastación apocalíptica constituye un “aprovechamiento de oportunidades” ideal para una hegemonía moribunda. Como en el auto-atentado a las torres gemelas, el desastre se convierte en negocio, no sólo porque justifica declarar una guerra sino por el cobro de los gastos de guerra, es decir, asaltar la riqueza del vencido.
Por eso no es nada casual que el presidente francés Macron (portavoz de la banca financiera) haga un llamado puntual a las potencias mundiales del ya fenecido G7 para “hacerse cargo” del Amazonas. Esto significaría, como segundo paso, la instauración de una instancia supra-nacional que tome decisiones por sobre la soberanía de los Estados involucrados en la declaratoria de “desastre ambiental”. Aquello no sólo en vistas a reponer el control sino de sembrar el “caos constructivo” en la región, ya que los planes de intervención en Venezuela fracasan.
El Amazonas, junto al acuífero guaraní y la cuenca del Orinoco, son las reservas globales de agua dulce más grandes del planeta. La última reunión de Bolsonaro y Benjamín Netanyahu ya tuvo como prioridad el deseo de “privatizar” el rio Amazonas para favorecer a empresas israelíes. Al Estado sionista ya no sólo le interesa la Patagonia sino que ahora mira al Amazonas. Lo mismo expresa el llamado de Macron, acorde al deseo financiero de monetizar todos los acuíferos, adelantándose así a las futuras crisis globales del agua. Allí también se mete Washington para despejar el norte amazónico colindante con la reserva petrolera más grande del planeta, es decir, Venezuela (el think tank “Foreign Policy” ya publicó un artículo donde Stephen Walt pregunta: “who will invade Brazil to sabe the Amazon?” y recuerda que la ONU considera la crisis ambiental como una amenaza a la paz y seguridad internacional). Todos quieren una parte del pastel amazónico y tienen los instrumentos legales, vía ONU (artículo 42 del Consejo de Seguridad), para declarar una “intervención humanitaria” acorde al clamor provocado de “ayuda internacional”; eso significaría la militarización de nuestra región y la agudización de los conflictos ya existentes. En ese sentido, la desidia de Bolsonaro no es insensata, tiene lógica; así como la hipótesis de una quema deliberada.
Como en la intervención militar a procesos democráticos en la región, la quema del Amazonas no significa sólo una quema forestal sino la destrucción sistemática de cualquier tipo de economía alternativa sostenible, que demuestre hasta la ineficiencia de los rendimientos productivos del capital. La complicidad del presidente brasilero con el capital agroindustrial para expulsar a los pueblos indígenas y apropiarse de tierras que, desde la lógica capitalista, aparecen como “improductivas”, expresa aquello. Es sintomático que este argumento se actualiza siempre en circunstancias de crecimiento negativo; pero la lógica capitalista no sabe ingeniarse el cómo cualificar su propia producción sino que busca nuevos nichos de explotación, donde desarrolle su lógica de despojo sistemático: destruir para producir.     
Entonces, el objetivo del otro incendio tendría como fin provocar, en la opinión pública, la justificación para desatar, en la región, un incendio mayor con cara de infierno; las redes sociales ya vienen promoviendo condenas, de todos contra todos, dando paso a una desestabilización impensada que apuntaría, no sólo a frenar los actos electorales, sino a legitimar una intervención con cara de “ayuda”. Partiendo de estas consecuencias probables, es que se puede desencubrir una digitación calculada que no es sopesada por una crítica ambientalista que deja de lado la ecuación geopolítica y es ingenua de la funcionalización que hace el sistema económico mundial, incluso del discurso del cambio climático, como generador de nuevos procesos de acumulación capitalista.
La última contienda electoral en Argentina repercutió negativamente en los mercados, porque aquello estaría reconfigurando un nuevo equilibrio geopolítico en Sudamérica. La tendencia creciente en Bolivia, Argentina y Uruguay, amenaza al propio Brasil, pues se rodea de gobiernos que influirían en su propio panorama político. Esto afecta a los intereses de los poderes fácticos globales que se encuentran en plena crisis de sentido vital y enfrentan el fin de su hegemonía centenaria. La expansión de la Nueva Ruta de la Seda que promueve China, tiene a Brasil y Bolivia como pivotes de la inclusión de Sudamérica en un proyecto de infraestructura de comercio global, que terminaría de desplazar al dólar y al atlántico como ejes de la economía mundial.
Si esto es así, una crisis medioambiental extendida pospone los planes de integración geoestratégica de Sudamérica hacia el pacífico. Curiosamente, no se trata de hechos casuales, ya que aunque los focos son aislados, la sincronía de estos y la configuración de una mancha compacta entre Brasil y Bolivia, confluye tres regiones estratégicas: el Pantanal, el Amazonas y la Chiquitanía, las cuales deberían ser conectadas por el tren bioceánico.
Las tres aportan una cantidad considerable de oxígeno al planeta, por encima del 25%, además de una absorción importante de CO2. Una catástrofe ambiental como la que estaría produciéndose, casa como anillo al dedo a la propuesta de que las potencias occidentales se “hagan cargo” del Amazonas, por encima del Estado brasilero; es decir, la promoción de una instancia supranacional que haga de guardabosques global, reduciendo las atribuciones estatales de nuestros países al mínimo (acorde al plan imperial de acabar con las soberanías de nuestros países).
La potestad y administración de los recursos hídricos (si finalmente pierden el petróleo) es fundamental para la sobrevivencia del dólar; desde Bush ya se ha sabido la importancia que le da la geoeconomía del dólar a los acuíferos del Amazonas, Orinoco y el Guaraní. Se trata de su sobrevivencia. La guerra fría (de divisas y aranceles) que promueve el dólar y que no resuelve su decadencia, se extendería ahora al monopolio de áreas estratégicas y esto entra en concordancia con la nueva colonización de la biodiversidad y la biomasa del planeta que se propone la economía verde.
Que el gobierno brasilero tenía toda la logística necesaria para contener la expansión del incendio (aun cuando se haya recortado más del 40% al presupuesto de las FF.AA. brasileras), da cuenta de una complicidad que reafirma la hipótesis de la quema inducida. Bolsonaro ya anunció en campaña el despojo de reservas indígenas para beneficio de los agroindustriales. Pero, si las cosas se complican, entonces, como de costumbre en la historia colonial, ni siquiera estos saldrán beneficiados sino los poderes foráneos que desplacen a los capitales locales para, en su debido momento, iniciar un nuevo saqueo más perverso.
En el caso boliviano, si bien es simplona la referencia mecánica causa-efecto de disposiciones legales que viabilizan los chaqueos o “quemas controladas” y la extensión de la frontera agrícola, como detonantes del incendio de la Chiquitanía y del Pantanal (pues ningún gobierno socavaría su vigencia de modo tan explícito); hay que decir que las apuestas gubernamentales ya han sido funcionalizadas por una apuesta desarrollista que, en muchos casos, ha derechizado la política gubernamental (haciendo que adquiera compromisos que van en franca contradicción con la propia Constitución y con la enarbolada “defensa de los derechos de la Madre Tierra”). En los mismos discursos del jefe de Estado es ya notable la ausencia del “horizonte plurinacional” y del “vivir bien”; lo que se reitera es, más bien, una cándida apología de los criterios básicos del capitalismo, como son el crecimiento y el desarrollo.
Este viraje desarrollista que festeja el crecimiento como único fin económico, lleva al “gobierno del cambio”, inevitablemente, al pacto con los grupos de poder que influyen en el viraje de la producción nacional a la pura exportación. No es raro que el vicepresidente sea uno de los principales promotores de este viraje, pues representa a una izquierda, precisamente, “progresista”, fiel al dogma de una “economía del crecimiento”, que es justamente lo que ha entrado en crisis en el siglo XX.
No vamos a negar el carácter anti-imperialista del gobierno, pero también hay que decir que ese anti-imperialismo no significa necesariamente un anti-capitalismo. Todas las normativas señaladas responden a la apuesta pragmática que iguala, tanto al oficialismo como a la oposición, en una misma creencia: el progreso infinito, como base mítica del desarrollo y el crecimiento; ilusiones que sostienen al capitalismo y hace del crecimiento su forma de ser exponencial y que es, precisamente, lo que entra en conflicto con la base finita de la vida y del planeta.
Si se piensa desde el capital, se tiende a creer que el financiamiento es lo decisivo en una economía que funcionaliza la producción y el consumo para la exportación; en tal caso, la soberanía se hace relativa a las prerrogativas del mercado mundial que, de ese modo, restituye nuestra dependencia por transferencia sistemática de valor. De ese modo, nuestra humanidad y la naturaleza son subsumidas como mediaciones de esa transferencia. La obtención de recursos económicos, que debiera constituirse en una mediación, se convierte en la máxima prioridad, llevando al Estado a reorganizar las necesidades nacionales como simples atractores de inversión. Entonces, la lógica de la inversión se encarga también de restaurar relaciones capitalistas de dependencia estructural.  
Ahora bien, si el gobierno posee todavía la sensibilidad de atender, ya no sólo el desastre, sino la exigencia hasta natural de retornar a una agenda plurinacional y descolonizadora, el fuego –como purificador que es, en la cosmovisión indígena– habrá tenido un propósito simbólico; del cual se pueda promover un re-encause del diferido “proceso de cambio” (y hacer del “vivir bien” un auténtico referente mundial del sentido que debiera tener la transición civilizatoria). Esto incluso le serviría políticamente para revertir el desencantamiento actual e impedir definitivamente el retorno de la derecha al poder. Hay que decir que la derecha, en el parlamento, votó también unánimemente la ley de extensión de la frontera agrícola para beneficio de ganaderos, agroindustriales y terratenientes comprometidos con el capital transnacional.
El propio gobernador de Santa Cruz y su agrupación “Bolivia dijo no”, ligado a grupos empresariales como la CAINCO y la CAO, no se pronunció sino hasta cuando los incendios ya eran de una magnitud catastrófica. Tampoco sorprende el silencio de la otra agrupación de derecha “comunidad ciudadana”, que aspira derrocar a Evo Morales en las próximas elecciones. Por ello, el incendio en las redes sociales –promovido principalmente por la derecha pro-gringa– es funcional para desacreditar de forma maniquea toda la gestión gubernamental; al cual se suman ciertos ambientalistas radicales que no calculan su demasiada cercanía a los argumentos colonial-señoriales, cuya oposición se reduce al odio manifiesto contra el indio presidente.
A estos habría que señalarles que su decepción es también producto de un romanticismo que pretendía encajar, en el indio, la versión inventada del “bon savage” como adorno del paisaje. Desgraciadamente los purismos solo conducen a la pérdida del sentido de realidad. Si el líder se ha creído los mitos moderno-capitalistas que, a su vez, son constantemente alimentados por su círculo inmediato de socialistas ortodoxos, es consecuencia de la colonialidad imperante que los supuestos críticos debieran saber desentrañar (además en sí mismos), para superar su idilio no correspondido y no caer en la defenestración maniquea, que sólo favorece a los afanes regresivos de la derecha neoliberal, para terminar de destruir lo que tanto dicen defender.
Hoy llovió en la Chiquitanía. La realidad es simbólica. La PachaMama no es una entidad indiferente, le afecta la condición ética de quienes la habitan. Ella misma puede revertir un incendio y convertirlo en purificación. Todo depende del grado de conectividad del hijo e hija con la Madre. Por eso, la fuente de todo poder descansa, en última instancia, en la “qamasa” de la “Pacha”, es decir, en la energía que, como sustento vital, nutre la voluntad humana. Restaurar esta conectividad es la fuente del verdadero poder que significa la capacidad trascendental de crear, restaurar y renovar la vida.
El individuo moderno es el que ha olvidado esta sabiduría, por eso su inteligencia es ciega ante los desastres que produce la economía que ha creado para revolcarse en la riqueza, olvidando que la riqueza no es un fin humano sino lo que posterga siempre la posibilidad de vivir un mundo más digno y justo, donde nadie tenga que ser sacrificado para el beneficio inmerecido de otro.    


La Paz, Chuquiago Marka, Bolivia, 26 de agosto del 2019
Rafael Bautista S.
autor de: “El tablero del siglo XXI.
Geopolítica des-colonial de un orden
global post-occidental”,
de próxima aparición.
Dirige “el taller de la descolonización”
rafaelcorso@yahoo.com

viernes, 19 de julio de 2019

KNUT HAMSUN, UN NOVELISTA DEL HAMBRE


Iván Apaza-Calle
Camino por las calles alteñas, me dirijo a la calle 2 de la Ceja. La parada de los automóviles que pasan por la universidad está vacía, no hay muchos pasajeros; sin embargo, el automóvil blanco está a punto de salir; en mis manos llevo “Hambre” de Knut Hamsun. Subo a la furgoneta cuyo nombre en sus franjas dice COTRANSTUR. En el transporte me siento al lado de un turista, me pongo cómodo y empiezo a leer. Mientras recorro los párrafos del libro, veo de reojo que el turista me observa, continúo leyendo…, el automóvil se detiene de repente, cierro el libro gris y observo; hay un tráfico terrible. El señor de al lado se esfuerza por leer las letras de la tapa: Knut Hamsun, HAMBRE.  ¿Acaso el título le recordó que tiene que comer? Noto que está sorprendido, me mira con cierta indiferencia, dejo de lado su mirada, separo nuevamente el libro y continúo leyendo…
Las horas han transcurrido en la Biblioteca Central de la Universidad. Muchos estudiantes con la cabeza gacha se entretienen con el celular, otros hojean las páginas blancas de un libro, algunos escriben y uno que otro resuelve ejercicios matemáticos…, y no falta en el sitio, un lector que se pone a dormitar. El vigilante de los libros se da cuenta de aquello. Se dirige a despertar al soñoliento. Vaya manera de castigarlo. 
Frente a mi está el libro de color gris, cuyas letras azules resaltan en la tapa y lomo. Tiene unas líneas artísticas de forma rectangular que no puedo clasificar. La obra de Hamsun es una edición de 1952; han pasado más de medio siglo desde su nacimiento y empaste, sin embargo tiene 129 años desde su publicación en 1890. Lo compré en la feria de libros viejos; quien lo tenía falleció recientemente, como es común sus familiares habían ofrecido a don Jaime el mercader de libros viejos para que los comercializara. Había cuatro yutes repletos de libros, las manos de coleccionistas, revendedores y lectores se movían sin cesar aquella mañana de invierno, pero aquellos libros del fallecido, en verdad, jamás le pertenecieron, tampoco a nosotros. Los libros no pertenecen a ninguno, simplemente están ahí, así como este libro gris que ya no me pertenece.
1920. Hamsun, es galardonado con el premio Nobel de Literatura; poco tiempo después estaría apoyando al régimen nazi, como el filósofo de los bosques Martin Heidegger; a partir de su apoyo sus escritos habían caído abajo, tuvo la mala suerte de ser juzgado por sus actos y pensamientos, consiguientemente, ha tenido pocos lectores y se lo ha condenado al silencio.
A veces los lectores juzgamos la obra de arte sin haberlo leído, oído o apreciado; más hacemos caso a los juicios de otros u otras…, juzgamos sin exprimir lo sustancial de una obra. Es verdad que la ideología que profesa un artista puede ser motivo de un pre-juicio, que puede llevar a encasillar o descalificar la obra de arte, pero son aspectos diferentes.
Se relaciona por ejemplo a la obra de Mijail Sholojov con el régimen comunista, pero cuando uno lee sus cuentos, no existe nada de comunismo, sino resalta la “capacidad” con que cuenta una historia; en cada historia sobresale lo trágico, la alegría, la tristeza y la felicidad humana, todo eso, narrados grandiosamente.
Sucede lo mismo con la obra de Hamsun. En Hambre uno puede hallar lo majestuoso de una novela, la forma como hilvana la narración es exacta, simple y conmovedora, hasta que la narración del escritor hambriento le recuerda al lector que es hora de ir a comer, no porque la novela sea aburrida, sino porque cuando se lee los momentos constantes de hambre del escritor anónimo se siente el mismo deseo de satisfacer el estomago. El hambre del personaje de Hamsun, causa hambre.
No estamos con una novela como “El lobo estepario” de H. Hesse, donde hay una estructura complicada, que hasta Mario Vargas Llosa ha confesado en “La verdad de las mentiras” que no ha sido capaz de entrar en esas “complejas interioridades del libro”.  
Hambre nos recuerda al hambre de los niños desposeídos en países de pobreza, asimismo nos recuerda a esos momentos donde no hay ni pan duro para llevarnos a la boca y poder callar los crujidos del estómago. Quizá si el personaje de Hamsun, por aquellas épocas, hubiere vivido en los andes, estaríamos seguros que paliaría su hambre pijchando la coca, como muchos indios hambrientos lo hicieron en la época colonial, en las minas, en las haciendas, en cada rincón.
El hambre del personaje, es una descripción a nivel micro sobre la tragedia humana. El hambre que acecha en cada rincón, puede ser el hambre del escritor anónimo que narra a cada momento el llamado de su estomago, pero también puede ser el hambre muy bien descrito y analizado por Josué de Castro en “El libro negro del hambre”, el hambre a nivel global, esa miseria endémica que reina el mundo.     
El personaje principal de Hambre, es un escritor que proporciona varios nombres, quizá en verdad sea un Fulano de Tal, o finalmente represente a todos los escritores del mundo, lo cierto es que no sabemos su nombre.
Se parece a Meursault de Albert Camus, narrando su historia en primera persona, o mejor dicho, Meursault se parece al escritor anónimo de Hambre; como se quiera. Ambos son extraños para su medio y cuentan su historia y las condiciones de su existencia plagada de infortunios.
Al personaje de Hamsun, le persigue a cada momento el hambre. Tiene hambre, mucha hambre, de hecho, siempre está entre la vida y la muerte; anda días sin comer, deambula ofreciendo sus cosas y quizá con el dinero comprar un alimento y llevar a su boca un bocado y seguir sobreviviendo.
Se sabe muy poco de él, a veces cuando se le pregunta por su nombre contesta: “Yo me llamo Wedel Jarlsberg”…, en otra ocasión responde: “Tangen… Andrés Tangen”. No se conoce a sus amigos ni pasado, ni a su familia. La mayor parte de su existencia está solo, tanto que los demás le consideran un loco, un solitario loco..., en fin, solo escritor.
Escribe artículos en el periódico “Morgenbladet”. Lo poco que recibe le sirve para comer, pero en su supervivencia el hambre no le permite escribir; muchas veces cuando esta frente a la hoja tratando de trazar palabras, frases o arreglando las partes oscuras de sus escritos, los dolores de cabeza y los "gusanos" que le carcomen el estómago, le impiden lograr su hazaña. Ha vendido hasta lo más pequeño de su propiedad, ha llegado hasta rogar para vender aquello que le cubría para dormir en las noches frías. El comprador le rechaza, no quiere la prenda ni para guardarlo ni mucho menos como regalo.
El hambre ha llegado hasta causarle mareos, no puede escribir así, pero se esfuerza y continúa con la hazaña de escribir algo genial.
Continua escribiendo…, a veces sus escritos son rechazados por el periódico; no vale el esfuerzo, el hambre le acecha a cada hora. Y cuando consigue algún monto de dinero, regala al que lo necesita. No es capaz de soportar la crisis de su conciencia, por eso cuando trata de cerrar los ojos por la noche con el estomago vacío, las tinieblas empiezan a reinar en él, de modo que, solo queda mantenerlos abiertos, pero no; todo está oscuro a su alrededor, no le sirve.
Muchas veces se pone a discutir con los demás, como con aquella mujer encinta que le ha abierto las puertas de su hogar y le ha dado de comer; discute con el anciano que está sentado en la banca, con los gendarmes, hasta con la muchacha a quien le persigue y le acusa de pobrete. Discute, discute…
Supervive entre el escribir y el hambre, muchas veces el hambre obstruye su mente y ello no le deja trabajar, pero continua haciendo los esfuerzos para acabar los pequeños artículos que quizá le puedan dar de comer un bocado. El bullicio y las hostilidades del lugar, no le permiten de hilvanar las ideas que tiene en mente.
Al fin se ha puesto a escribir un gran drama: "El signo de la cruz" y a través de ello llegar al éxito y poder comer, pero el hambre le ha derrotado, el manuscrito cae en pedazos; a pesar de los esfuerzos no logra sus objetivos. La vida le ha negado sus sueños y con ello ha obstruido su talento frente al papel.  Los pequeños trozos del drama están en el aire, esparcidos aquí, allá; a su alrededor.  
Caminando por el muelle buscando donde sentarse, el hambriento se para de repente en ese lugar y con la cabeza atontada se queda inmóvil. Estando ahí se encuentra con un marinero. El escritor saca sus gafas y lo guarda en el bolcillo como si abandonara el oficio de escribir…, se embarca por el mar; ahora se pone trabajar de lo que sea, de lo que sea.
El hambre mató a miles de escritores, pero no fue el caso de Hamsun. Él venció el hambre con este libro y pasó a ser un coloso de la literatura.
El Alto, invierno de 2019
   

sábado, 29 de junio de 2019

QUISPES CONTRA HUANCAS


Iván Apaza-Calle

“Entre indios nos pisamos el poncho”
Felipe Quispe Huanca

No hace mucho tiempo, Ayar Quispe, había escrito un libro, “Indios contra indios”, la investigación retomaba la idea de Felipe Quispe Huanca, “entre indios nos pisamos el poncho”. En el texto, Ayar trataba de descubrir los orígenes del faccionalismo en el campo político de los denominados indios, y el carácter servil de los dirigentes campesinos. Sus conclusiones eran que, los dirigentes campesinos de cuya época: Alejo Veliz, Evo Morales y Felipe Quispe “han fundado toda su actividad sindical bajo la premisa siguiente: el poder sobre todas las cosas”, pero, no solo eso, Ayar había identificado otra fuente de la contrariedad entre indios, como las divisiones inducidas por “partidos políticos, las organizaciones no gubernamentales y el gobierno de turno”. Consiguientemente, a partir de la división dirigencial, las bases también estaban divididas, lo que provocaba su fracaso en la reconquista de sus derechos y la demanda al Estado como movimiento liberatorio.
Diferente a los argumentos de Ayar Quispe indagados dentro de la CSUTCB y en el campo político a nivel macrosocial, eran las ideas de Xavier Albó en “Desafíos de la solidaridad aymara”, quien trataba de explicar el faccionalismo aymara a partir de las estructuras comunales rurales. La tesis central de Albó era que existe una paradoja aymara, es decir, hay una solidaridad fuerte en los aymaras pero dentro de ella también un faccionalismo interno entre ellas el familiar, socio-político, religioso entre otras, y reconocía que los argumentos planteados solo partían de insinuaciones y que faltaba completar para la explicación como el fundamento histórico, psicosocial y las relaciones con el no aymara.
No es que sea una naturaleza o excepcionalidad del mundo indio la división, no; de hecho, son construcciones sociales que se van constituyendo con cada acto social, sean las que vienen influenciadas a partir delos sujetos sociales frente a su externalidad o a partir de lo externo, es decir, agentes influyentes que alteran las decisiones de los sujetos.
En todo caso, hay muchos elementos para llegar a la pugna de “indios contra indios”, y son esas cualidades las que hay que desmitificar, para poder entender lo que actualmente está sucediendo en la política nacional concerniente a los autóctonos. Por ejemplo, “el duelo de chicotes”entre indios, a muchos les ha causado mucha risa en las redes sociales, incluso, a los propios activistas que, están en contra de las políticas de servilismo e instrumentalización, en fin a los indianistas y kataristas; lo cierto es que, eso que les causa risa, oculta algo muy fuerte y que se les escapa de la reflexión: el tema de la instrumentalización política.
No solo existe la instrumentalización de los elementos-culturales-en-potencia, sino que hay también la instrumentalización en el campo político, que se deja pasar como algo normal y no como aquello que vislumbra la fragmentación política a nivel macro de las comunidades aymaras, y es el caso de Achacachi y los cantones aledaños causada por el servilismo político de sus dirigentes. ¿Quién sale ganado en este duelo? No son los que se desafían a darse chicotes, ellos son apenas unas piezas de los partidos políticos, de derecha e izquierda; son los perdedores. Están en función al amo partidario, pero hay que agregar a esto que, son objeto de mofa y de racismo. ¡Señores chicoteadores! Están jugando y juegan con ustedes. Son parte del circo que se les ha instituido, y hacen malabarismos para llamar la atención.
El caso no es reciente, verdad; se ha venido repitiendo mecánicamente de generación en generación, así como la dominación perpetua hasta hoy; de hecho, la nación aymara, no conquista sus derechos por esta realidad, lo que lleva a su fracaso. Por otro lado, quienes salen ganando, son los agentes políticos que controlan ambos partidos en pugna. Se dice que el diputado Rafael Quispe, hace bien con todas las acciones que uno observa en la pantalla del celular, sin embargo, los propósitos de Quispe le llevan a un suicidio; toda rebelión individual como Albert Camus señaló en “El hombre rebelde” es un suicidio. Tiene límites, porque no posee una estructura política; sus acciones mediáticas, apenas es un grito solitario en plena pampa altiplánica, pero un grito que depende de un amo. También se dice que el dirigente de los ponchos rojos hace bien y cumple con lo orgánico, pero no. No está fuera de la instrumentalización política, el ente matriz al que pertenece, también ha caído al control político partidario.  Y como escribimos el 2007 en “La verdadera tarea de los ponchos rojos” es que se encaminen por los senderos de Tupak Katari, Bartolina Sisa, de tal manera que exista la autonomía sindical y la conquista de los derechos como sociedad.
En ambos casos, los partícipes del “duelo de chicotes”, no son los sujetos políticos sino los sujetos racializados que, reproducen las dinámicas de instrumentalización. Y lo peor es haber “naturalizado” la instrumentalización y la fragmentación de la unidad aymara. En fin. No queda otro camino, más que sepultar a los intermediarios políticos y el vínculo de los dirigentes con los partidos políticos como había concluido Ayar Quispe en “Indios contra indios”, pero sobre todo, sí, escuchen: que quispes y huancas sean uno, con eso tendremos otra revuelta, otro 2000-2003.
El Alto, fin de junio de 2019


lunes, 10 de junio de 2019

CUENTO: EL SUEÑO DEL PONGO


De José María Arguedas
Un hombrecito se encaminó a la casa-hacienda de su patrón. Como era siervo iba a cumplir el turno de pongo, de sirviente en la gran residencia. Era pequeño, de cuerpo miserable, de ánimo débil, todo lamentable; sus ropas, viejas.
El gran señor, patrón de la hacienda, no pudo contener la risa cuando el hombrecito lo saludó en el corredor de la residencia.
—¿Eres gente u otra cosa? —le preguntó delante de todos los hombres y mujeres que estaban de servicio.
Humillándose, el pongo no contestó. Atemorizado, con los ojos helados, se quedó de pie.
—¡A ver! —dijo el patrón—, por lo menos sabrá lavar ollas, siquiera podrá manejar la escoba, con esas manos que parece que no son nada. ¡Llévate esta inmundicia! —ordenó al mandón de la hacienda.
Arrodillándose, el pongo le besó las manos al patrón y, todo agachado, siguió al mandón hasta la cocina.
El hombrecito tenía el cuerpo pequeño, sus fuerzas eran sin embargo como las de un hombre común. Todo cuanto le ordenaban hacer lo hacía bien. Pero había un poco de espanto en su rostro; algunos siervos se reían de verlo así, otros lo compadecían. «Huérfano de huérfanos; hijo del viento de la luna debe ser el frío de sus ojos, el corazón pura tristeza», había dicho la mestiza cocinera, viéndolo.
El hombrecito no hablaba con nadie; trabajaba callado; comía en silencio. Todo cuanto le ordenaban, cumplía. «Sí, papacito; sí, mamacita», era cuanto solía decir.
Quizás a causa de tener una cierta expresión de espanto, por su ropa tan haraposa y acaso, también, porque no quería hablar, el patrón sintió un especial desprecio por el hombrecito. Al anochecer, cuando los siervos se reunían para rezar el avemaría, en el corredor de la casa-hacienda, a esa hora, el patrón martirizaba siempre al pongo delante de toda la servidumbre; lo sacudía como a un trozo de pellejo.
Lo empujaba de la cabeza y lo obligaba a que se arrodillara y, así, cuando ya estaba hincado, le daba golpes suaves en la cara.
—Creo que eres perro. ¡Ladra! —le decía.
El hombrecito no podía ladrar.
—Ponte en cuatro patas —le ordenaba entonces.
El pongo obedecía, y daba unos pasos en cuatro pies.
—Trota de costado, como perro —seguía ordenándole el hacendado.
El hombrecito sabía correr imitando a los perros pequeños de la puna.
El patrón reía de muy buena gana; la risa le sacudía el cuerpo.
—¡Regresa! —le gritaba cuando el sirviente alcanzaba trotando el extremo del gran corredor.
El pongo volvía, de costadito. Llegaba fatigado.
Algunos de sus semejantes, siervos, rezaban mientras tanto el avemaría, despacio, como viento interior en el corazón.
—¡Alza las orejas ahora, vizcacha! ¡Vizcacha eres! —mandaba el señor al cansado hombrecito—. Siéntate en dos patas; empalma las manos.
Como si en el vientre de su madre hubiera sufrido la influencia modelante de alguna vizcacha, el pongo imitaba exactamente la figura de uno de estos animalitos, cuando permanecen quietos, como orando sobre las rocas. Pero no podía alzar las orejas.
Golpeándolo con la bota, sin patearlo fuerte, el patrón derribaba al hombrecito sobre el piso de ladrillo del corredor.
—Recemos el padrenuestro —decía luego el patrón a sus indios, que esperaban en fila.
El pongo se levantaba a pocos, y no podía rezar porque no estaba en el lugar que le correspondía ni ese lugar correspondía a nadie.
En el oscurecer, los siervos bajaban del corredor al patio y se dirigían al caserío de la hacienda.
—¡Vete, pancita! —solía ordenar, después, el patrón al pongo.

Y así, todos los días, el patrón hacía revolcarse a su nuevo pongo, delante de la servidumbre. Lo obligaba a reírse, a fingir llanto. Lo entregó a la mofa de sus iguales, los colonos[1].
Pero…, una tarde, a la hora del avemaría, cuando el corredor estaba colmado de toda la gente de la hacienda, cuando el patrón empezó a mirar al pongo con sus densos ojos, ése, ese hombrecito, habló muy claramente. Su rostro seguía como un poco espantado.
—Gran señor, dame tu licencia; padrecito mío, quiero hablarte —dijo.
El patrón no oyó lo que oía.
—¿Qué? ¿Tú eres quien ha hablado u otro? —preguntó.
—Tu licencia, padrecito, para hablarte. Es a ti a quien quiero hablarte —repitió el pongo.
—Habla… si puedes —contestó el hacendado.
—Padre mío, señor mío, corazón mío —empezó a hablar el hombrecito—. Soñé anoche que habíamos muerto los dos juntos; juntos habíamos muerto.
—¿Conmigo? ¿Tú? Cuenta todo, indio —le dijo el gran patrón.
—Como éramos hombres muertos, señor mío, aparecimos desnudos, los dos juntos; desnudos ante nuestro gran Padre San Francisco.
—¿Y después? ¡Habla! —ordenó el patrón, entre enojado e inquieto por la curiosidad.
—Viéndonos muertos, desnudos, juntos, nuestro gran Padre San Francisco nos examinó con sus ojos que alcanzan y miden no sabemos hasta qué distancia. A ti y a mí nos examinaba, pesando, creo, el corazón de cada uno y lo que éramos y lo que somos. Como hombre rico y grande, tú enfrentabas esos ojos, padre mío.
—¿Y tú?
—No puedo saber cómo estuve, gran señor. Yo no puedo saber lo que valgo.
—Bueno. Sigue contando.
—Entonces, después, nuestro Padre dijo con su boca: «De todos los ángeles, el más hermoso, que venga. A ese incomparable que lo acompañe otro ángel pequeño, que sea también el más hermoso. Que el ángel pequeño traiga una copa de oro, y la copa de oro llena de miel de chancaca más transparente».
—¿Y entonces? —preguntó el patrón.
Los indios siervos oían, oían al pongo, con atención sin cuenta pero temerosos.
—Dueño mío: apenas nuestro gran Padre San Francisco dio la orden, apareció un ángel, brillando, alto como el sol; vino hasta llegar delante de nuestro Padre, caminando despacio. Detrás del ángel mayor marchaba otro pequeño, bello, de luz suave como el resplandor de las flores. Traía en las manos una copa de oro.
—¿Y entonces? —repitió el patrón.
—«Ángel mayor: cubre a este caballero con la miel que está en la copa de oro; que tus manos sean como plumas cuando pasen sobre el cuerpo del hombre», diciendo, ordenó nuestro gran Padre. Y así el ángel excelso, levantando la miel con sus manos, enlució tu cuerpecito, todo, desde la cabeza hasta las uñas de los pies. Y te erguiste, solo; en el resplandor del cielo la luz de tu cuerpo sobresalía, como si estuviera hecho de oro, transparente.
—Así tenía que ser —dijo el patrón, y luego preguntó—: ¿Y a ti?
—Cuando tú brillabas en el cielo, nuestro gran Padre San Francisco volvió a ordenar: «Que de todos los ángeles del cielo venga el de menos valer, el más ordinario. Que ese ángel traiga en un tarro de gasolina excremento humano».
—¿Y entonces?
—Un ángel que ya no valía, viejo, de patas escamosas, al que no le alcanzaban las fuerzas para mantener las alas en su sitio, llegó ante nuestro gran Padre; llegó bien cansado, con las alas chorreadas, trayendo en las manos un tarro grande. «Oye, viejo —ordenó nuestro gran Padre a ese pobre ángel—, embadurna el cuerpo de este hombrecito con el excremento que hay en esa lata que has traído; todo el cuerpo, de cualquier manera; cúbrelo como puedas. ¡Rápido!». Entonces, con sus manos nudosas, el ángel viejo, sacando el excremento de la lata, me cubrió, desigual, el cuerpo, así como se echa barro en la pared de una casa ordinaria, sin cuidado. Y aparecí avergonzado, en la luz del cielo, apestando…
—Así mismo tenía que ser —afirmó el patrón—. ¡Continúa! ¿O todo concluye allí?
—No, padrecito mío, señor mío. Cuando nuevamente, aunque ya de otro modo, nos vimos juntos, los dos, ante nuestro gran Padre San Francisco, él volvió a mirarnos, también nuevamente, ya a ti ya a mí, largo rato. Con sus ojos que colmaban el cielo, no sé hasta qué honduras nos alcanzó, juntando la noche con el día, el olvido con la memoria. Y luego dijo: «Todo cuanto los ángeles debían hacer con ustedes ya está hecho. Ahora ¡lámanse el uno al otro! Despacio, por mucho tiempo». El viejo ángel rejuveneció a esa misma hora; sus alas recuperaron su color negro, su gran fuerza. Nuestro Padre le encomendó vigilar que su voluntad se cumpliera.


[1] Colono: indígena que pertenece a la hacienda.
© Relato popular recopilado por José María Arguedas. Publicado en El sueño del pongo, 1965.


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